febrero 18, 2012

No dejes que tus cenizas vivan por tí

Un artículo de Paulo Coelho, en XLSemanal, habla de Vera Anderson, una anciana de Medford (Oregón) que guardó sus ahorros para cumplir su sueño una vez jubilada: recorrer el mundo. Pero murió por una enfermedad cardiovascular que la tuvo cuatro años en un cuarto conectada a un balón de oxígeno.
Antes de morir aclaró en su testamento que debían incinerarla y ser repartida en 241 bolsitas que se enviarían a los jefes de los servicios de correos de los 50 estados americanos y a cada uno de los 191 países del mundo. Su hijo incluyó en cada envío una nota explicativa.
El artículo dice que allí donde recibieron sus cenizas, se trataron con gran respeto y solidaridad, e incluso celebraron ceremonias en diversos puntos, como en el lago Titicaca (Bolivia) siguiendo las antiguas tradiciones de los indios aimara. Las hermanas de la caridad de un orfanato en América del Sur rezaron durante una semana antes de esparcir las cenizas por el jardín y luego consideraron que Vera Anderson sería una especie de ángel de la guarda del lugar.
Hasta que no ves el final de cerca no te das prisa por conseguir todas las cosas que deseas hacer o tener.  A veces me pregunto si uno/a sería más felíz dejando atrás las cadenas que le atan a un trabajo, hipoteca y consumismo, y salir a vivir sus sueños sin importar el futuro a largo plazo, pues tal vez no exista.

febrero 05, 2012

Marilyn Monroe, la gran desconocida

Casi todos admiramos a esta mujer sin saber muy bien porqué. Esta claro que físicamente sera una de las mujeres mas bellas que se han descubierto, pero para alguien como yo, eso esta de mas. Siempre me gustó sin saber porqué. En un artículo de XLSemanal se habla sobre la autobiografía consentida de Marilyn, creada en 1954 pero que se publicó 20 años después. Será mi próxima compra en la librería.
Solo expondré algunos párrafos de su narración, para no alargar mucho esta entrada (aunque aun así se alarga, pero es imposible omitirlos).
Te asombras al entender que tras esa diva que parecía tenerlo todo, se escondía una niña sola y con miedo a ser invisible; ser el centro de atención era lo único que le hacía sentir querida, y eso es vivir en una gran mentira.

LA NIÑA QUE SOÑABA CON QUE LA MIRARAN

        Mi madre era muy guapa y nunca sonreía. La había visto a menudo, pero no sabía bien quién era. Nunca me había besado ni sostenido en brazos, y apenas me había hablado. No sabía nada de ella. Años después, me enteré de que su padre y su abuela murieron en un manicomio, de que su hermano se suicidó y de que había otros fantasmas en la familia. Se casó con 15 años, tuvo dos hijos y trabajó en un gran estudio cortando negativos. Un día llegó a casa antes de lo normal y encontró a su marido con otra. Hubo una pelea y él se fue dando un portazo. Regresó un día y se llevó a los niños.
Como estaba demasiado enferma para cuidarme y era incapaz de mantener su trabajo, pagaba cinco dólares semanales a la familia que me acogía en su hogar. De vez en cuando, me llevaba a su piso. Solo me hablaba para decir: «No hagas ruido, Norma».

Una mañana, mientras desayunábamos, los ingleses y yo oímos un estruendo en la escalera. La mujer me agarró, su marido salió y regresó al rato. «He avisado a la Policía y a una ambulancia», dijo. Nadie quería que la viera, pero salí al vestíbulo. Mi madre chillaba y reía. Se la llevaron al psiquiátrico de Norwalk, el mismo donde habían acabado su padre y su abuela. Desaparecieron los muebles, el piano y la pareja de ingleses. Me trasladaron a un orfanato, donde me pusieron un vestido azul, un cinturón blanco y zapatos de suelas pesadas. Años más tarde, cuando empecé a ganar dinero posando para fotógrafos, busqué el piano. Un año después lo encontré en una vieja tienda de subastas. Ahora lo tengo en mi casa de Hollywood.

La mejor amiga de mi madre se llamaba Grace. Fue una auténtica tía para mí. Aunque no tenía dinero y se pasaba el día buscando trabajo, cuando se llevaron a mi madre, se convirtió en mi tutora legal. Fue la primera persona que pasó la mano por mi cabeza o me acarició la mejilla. Aún recuerdo la emoción que me produjo. Tenía ocho años.

A menudo me sentía sola y deseaba morir. Intentaba animarme con fantasías. Imaginé que atraía la atención de alguien, que me miraba y decía mi nombre. En la iglesia los domingos, tan pronto como me arrodillaba en el reclinatorio y los feligreses cantaban un himno, surgía el impulso de quitarme la ropa. Soñar que la gente me miraba hacía que me sintiese menos sola.

Pese a la tutoría de mi tía Grace, viví entrando y saliendo del orfanato. Viví con nueve familias durante mi orfandad legal hasta que, con 16 años, me casé. No me importaba ser la última, excepto las noches del sábado, cuando todos se bañaban. Usábamos la misma agua y yo siempre era la última. Una de las familias era tan pobre que me reñían por tirar de la cadena.

Descubrí el sexo sin hacer ninguna pregunta. Tenía nueve años y vivía con una familia que alquilaba una habitación a un tipo llamado Kimmel. Todos lo respetaban. Un día pasaba por delante de su cuarto cuando se abrió la puerta y me dijo con tranquilidad: «Pasa, Norma, por favor». Creía que iba a pedirme algún encargo. «¿Dónde quiere que vaya, señor Kimmel?», pregunté. «A ningún sitio -dijo cerrando la puerta; me sonrió y echó la llave-. Ahora no puedes salir», añadió como si estuviéramos jugando. Permanecí allí mirándolo. Sentía miedo, pero no me atrevía a gritar. Sabía que me devolverían al orfanato.

A los 12 tenía el aspecto de una chica de 17, pero nadie lo sabía.  Una mañana encontré mis dos blusas con rotos. Le pedí a una de mis `hermanas´ que me prestara algo. No era tan grande como yo. Me dio un jersey. Llegué a la escuela; había empezado la clase de matemáticas. Todos me miraron como si me hubieran salido dos cabezas bajo mi apretado jersey. En el recreo, me rodeó un docena de muchachos. Miraban el jersey como a una mina de oro. Después de aquello, todo fue distinto. Las alumnas con hermanos me invitaban a sus casas y me presentaban a sus familias.
Por la noche, tendida en la cama, me preguntaba por qué los chicos me perseguían. No quería que se comportaran así. Tía Grace propuso una solución para mis penas: «Deberías casarte». Solo tenía 15 años. Me casé con Jim Dougherty. Fue como retirarse a un zoológico. Jim y yo nos divorciamos y me fui a vivir por mis propios medios a una habitación en Hollywood. De pronto, tenía 19 años y debía arreglármelas para trabajar. Posé para anuncios y folletos publicitarios.
Recuerdo que corrí a contarle la gran noticia a tía Grace: estaba en nómina de la 20th Century Fox. El director de casting me había dicho que ideara algo más glamuroso que Norma Dougherty. «Me ha sugerido Marilyn», le conté. «Es un bonito nombre -dijo mi tía- y va bien con el apellido de soltera de tu madre». No sabía cuál era. «Monroe -me dijo-. Tengo papeles y cartas que muestran que estás emparentada con el presidente Monroe [el quinto de Estados Unidos]». Le dije: «Es un apellido maravilloso, pero no le contaré a nadie lo del presidente. Haré que valga por mis propios méritos».

Aquí acaba la historia de Norma Jean. Aquella niña triste y amargada que creció con rapidez casi nunca está fuera de mi corazón. Con el éxito rodeándome, aún siento sus ojos asustados mirando a través de los míos. Sigue diciendo «nunca viví, nunca me amaron», y a menudo me siento confundida y creo que soy yo quien lo está diciendo.

El artículo por completo esta aquí: http://xlsemanal.finanzas.com/web/articulo.php?id=75478&id_edicion=6947