julio 20, 2012

Mujeres al pie del cañón

Las leyendas hablan de las míticas amazonas, fieras guerreras capaces de cortarse un seno para acomodar mejor el carcaj con sus flechas.  La historia, por su parte, da testimonios tan contundentes como el de Herodoto quien escribió que Tomyris, reina de los masagetas, derrotó al frente de su ejército a las tropas de Ciro, rey de Persia, en el 530 a.C.; o como el del chino Sun Tzu, quien asegura en “El arte de la guerra” que Ho Lu, rey de Wu, organizó un ejército formado por 180 mujeres.  Lo corrobora también la arqueología mediante el hallazgo de restos femeninos enterrados junto con sus armas de combate en lugares tan distantes entre sí como Kazajastán, Tabriz (Irán) o Perú.

Artemisia de Halicarnaso participó en la batalla de Salamina (480 a.c.); la celta Boudica dirigió un levantamiento masivo contra las fuerzas romanas; y las reinas egipcias Berenice I, Berenice II y Arsinoe III no dudaron en empuñar las armas a la hora de la batalla. También Thyra de Dinamarca (884-935) encabezó un ejército, Akkadevi (1010-1064), una princesa hindú, se encargó personalmente de organizar sus tropas durante el asedio a la fortaleza de Gokage (1047) y, en 1072, la infanta leonesa Urraca Fernández defendió Zamora de las pretensiones de su hermano Sancho II el Fuerte.

La leyenda asegura que fue Santa Genoveva, patrona de París, quien organizó en el siglo V la defensa de la ciudad contra las tropas de Atila.  Leonor de Aquitania (1122-1204) viajó con sus tropas a Tierra Santa en el año 1145 junto con su entonces esposo Luis VII de Francia y también a las Cruzadas partió Florina (1083-1097), hija del duque de Borgoña, en compañía de su prometido, Sweyn de Dinamarca, a fin de casarse en una Jerusalén ya cristiana. No pudieron cumplir su sueño ya que ambos murieron en el campo de batalla antes de llegar a su destino.

Hacia 1425, una muchacha lorenesa de trece años y cuya tarea principal era el pastoreo acabaría por convertirse en la mujer soldado por excelencia: Juana de Arco.

A Isabel I de Inglaterra (1522-1603) no le importó vestir ropas masculinas para, en más de una ocasión, ponerse al frente de sus tropas.  Y es que disfrazarse de hombre fue para muchas mujeres la única vía para cumplir su vocación militar. Ese fue el caso de la “dama de Arintero”, la legendaria leonesa que militó en las guerras civiles castellanas bajo el nombre de “caballero Oliveros”; de Phoebe Hessel, quien peleo en la batalla de Fontenoy (1745) vestida de hombre; de la holandesa Maria van Antwerpen (1746-1769) y de Catalina de Erauso (1592-1635).

Más conocida como la “Monja Alférez”, Catalina fue forzada por sus padres a profesar como religiosa, pero huyó del convento y, disfrazada de hombre, se alistó con destino a América.  Allí, siempre bajo identidad masculina, se enroló en el ejército hasta que, tras ser herida en una batalla, se descubrió su identidad y fue repatriada.  Años después, regresó a América donde vivió en México bajo el falso nombre de Antonio de Erauso. 

Más trágico fue el caso de Charles Garain, miembro del regimiento de soldados suizos que participaron en el asalto al menorquín castillo de San Felipe (1782).  El militar cayó malherido en la batalla y falleció a consecuencia de las heridas recibidas.  Cual no sería la sorpresa de los religiosos encargados de amortajarle cuando descubrieron que era una mujer, y según reza el acta de defunción, virgo intacta.  No obstante, contra lo que había ocurrido con Juana de Arco, condenada en parte por vestir ropas masculinas, Charles Garain recibió honore de héroe y sus restos descansan en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen de Mahón.
Dos siglos antes, en 1589, las tropas inglesas comandadas por Sir Francis Drake cercaron la ciudad de La Coruña, y fue una mujer quien detuvo su avance.  Se llamaba María Mayor Fernández de Cámara y Pita y ha pasado a la historia como “María Pita”.  Parece ser que era carnicera y que fue con los instrumentos de su trabajo con los que se enfrentó a los ingleses al grito de “Quien tena honra, que me siga”.  Su arenga triunfó.

Frances Clalin se alistó en las Fuerzas de la Unión junto a su marido, bajo el nombre y apariencia de Jack Williams para luchar en la Guerra de Secesión. Su marido murió en la guerra y ella siguió luchando. Más tarde se casó de nuevo y tuvo tres hijos.

Partes del artículo publicado en Muy Historia nº 41 "Mujeres al pie del cañón".